lunes, 21 de mayo de 2012

martes, 8 de mayo de 2012

Patrocino de la Virgen sobre la Orden de Predicadores

Decía el beato Juan XXIII: “He apendido a amarte como a mi madre, y como tal te saludo cada mañana y cada noche”. ¿Cómo no hablar con María? ¿Cómo no invocarla?
(…)
Ante todo, enseña el Papa, cuando el cristiano ora a María, quiere orar como María (cf. Mc 16-22). Es decir que quiere imitar su misma actitud espiritual ante Dios, porque la reconoce como modelo único en esta experiencia. Con ella y como ella quiere convertirse en oyente, orante, madre y oferente, “para hacer de la propia vida un culto a Dios, y de su culto un compromiso de vida” (Mc. 21). Y es que,cuando oramos a María, ella nos mete en su corazón para transformarnos en verdaderos hijos suyos.
En segundo lugar, al orar a Maria, oramos con María, acompañados por ella (cf. Mc 25-28). Porque ella no es la última destinataria de nuestra oración. La oración cristiana siempre se dirige al Padre por Cristo en el Espíritu. Y María, que fue la primera en experimentar la relación con las tres divinas Personas, nos acompaña hacia el Padre, que la predestinó y le confió su designio de salvación; nos lleva hacia su Hijo, con quien está unida con un vínculo indisoluble y esencial; y nos hace descubrir la acción del Espíritu Santo, que la plasmó y convirtió en criatura nueva para hacerla después Madre del Hijo. De este modo, la oración a María se revela como intrínseca y esencialmente trinitaria y cristológica. Y la Virgen nos abre también a otra relación: María está unida a todos los discípulos de su Hijo, “a cuya generación y educación ella colabora con marterno amor” (Lumen Gentium 64); es decir,  está unida indisolublemente a la Iglesia y, por tanto, nos comunica su solicitud maternal hacia todos nuestros hermanos, hacia los que ya reconocemos como tales y hacia los que esperamos reconocer.
Miguel Payá Andrés. María, de Nazaret a Valencia. Ed. Arzobispado de Valencia, 2012 pp. 130-131

domingo, 8 de abril de 2012

domingo, 1 de abril de 2012

Semana "Santa"

Por más secularizado que esté el contexto social sigue llamándose “Semana Santa”. Qué se entienda por “santa” es otro asunto. Para algunos todo queda en un término sin significado, es el calificativo que se da a una semana de vacaciones. Es expresión que viene de otros tiempos y se mantiene en éstos, ajenos a la santidad. Son muchos los que sí entienden que existe un halo de santidad, o sea de contacto con lo religioso en esta semana. Lo religioso se expresará de manera muy distinta. Para unos su expresión son las procesiones multitudinarias, tan esperadas por cofrades que las preparan durante muchos meses. Otros viven lo santo en el retiro de una casa de espiritualidad o en un monasterio, arropados por el silencio o el canto gregoriano. Están las semanas santas juveniles. En fin, la mayoría de los que la “santidad” de la semana les dice algo viven la Semana Santa con la participación en los actos litúrgicos tan significativos, en la parroquia o iglesia a la que suelen acudir.

Sólo si se siente lo “santo” podemos hablar de Semana santa. “Lo santo” es el título del famoso libro del fenomenólogo de la religión Rudolf Otto. Advierte el autor en el inicio del libro que si el lector no tiene sensibilidad hacia lo religioso que cierre el libro. Como el que no tiene sensibilidad para la música prescinde de ir a conciertos. Esa sensibilidad se promueve y se desarrolla, o de lo contrario se apaga o se asfixia, ahogada por otras sensibilidades.

En nuestra fe esa dimensión religiosa implica una inmersión en lo humano. Se celebra la pasión y muerte del hombre que ha conseguido el nivel más alto de humanidad. Lo santo se vive en lo humano. Lo transcendente está inmerso en la historia concreta de Jesús de Nazaret. Recordamos el crimen más horrendo de la historia; no por la maldad de los verdugos, sino por la dignidad de la víctima. Celebramos el alto nivel de humanidad, de amor, al que llegó Jesús. La humanidad ha sido engrandecida y liberada de la servidumbre del mal por él. El odio de los verdugos desapareció, quedó el amor de la víctima para redimir nuestra historia. La resurrección es la expresión de su triunfo en la cruz y el destino nuestro, por él conseguido.

miércoles, 21 de marzo de 2012

El Cristo de Velázquez




Me gusta el Cristo de Velázquez.
La melena sobre la cara...
y un resquicio en la melena
por donde entra la imaginación.
Algo se ve.
¿Cómo era aquel rostro?
Mira bien,
compónlo tú.
¿A quién se parece?
¿A quién te recuerda?
La Luz entra
por los cabellos manchados de sangre
y te ofrecen un espejo.
¡Mira bien!... ¿No ves cómo llora?
¿No eres tú?... ¿No eres tú mismo?
¡Es el hombre!
El hombre hecho Dios.
¡Qué consuelo!
No me entendéis...
¿Por qué estoy alegre?
No sé...,
tal vez porque me gusta más así:
el hombre hecho Dios,
que el Dios hecho hombre.

León Felipe