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Adviento


¿Alguna vez has deseado tanto ver a alguien que te duela el corazón? Hablo del tipo de dolor que una madre siente cuando se la separa de sus hijos, o el dolor de los enamorados cuando están separados durante un tiempo. Pienso también en los soldados que están lejos de sus seres queridos durante la guerra, o mi amigo Santos, que estuvo 28 años en la cárcel y vio a su madre sólo una vez durante todos esos años.

En las Escrituras hebreas, con frecuencia escuchamos al pueblo de Dios gritando: “¿Cuándo, Señor, veremos tu rostro? Deseamos ver tu rostro”. Moisés, si recordáis, frecuentemente tenía que esconder su cara cuando se encontraba en presencia de Dios, por miedo a morir (Ex 3, 6; 33, 20). El Pueblo de Israel vivió con este deseo en sus corazones durante siglos. ¿Cómo será sentir el deseo de ver el rostro de Dios con profunda pasión y amor, más grande incluso que el amor humano más intenso que hayamos experimentado?

El Profeta Isaías dice en la primera lectura de este primer Domingo de Adviento: “Tú, SEÑOR, eres nuestro padre, nuestro redentor… ¿por qué nos extravías, oh SEÑOR de tus caminos? … Nos ocultabas tu rostro…” (Is 63,16-17; 64,6). Y el Salmo 80 (79) repite este verso: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (80,3).

El pueblo de la Antigua Alianza conoció a Dios sobre todo por las manifestaciones de la naturaleza, así como a través de los signos celestiales y revelaciones. Los profetas se familiarizaron con la voz de Dios, pero sus corazones siempre desearon una cosa: ver el rostro de Dios.

¿Sentimos alguna vez este dolor en nuestros corazones? ¿Arde tu corazón alguna vez así? ¿Oyes alguna vez en lo profundo de tu ser una voz que grita: “Señor, Dios nuestro, que brille tu rostro y nos salve”?

El “Mensaje Final” del Sínodo de 2008 sobre la Palabra de Dios dijo esto:

La Palabra eterna y divina entra en el espacio y en el tiempo y asume un rostro y una identidad humana, tan es así que es posible acercarse a ella directamente pidiendo, como hizo aquel grupo de griegos presentes en Jerusalén: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12, 20-21). Las palabras sin un rostro no son perfectas, porque no cumplen plenamente el encuentro…”[1]

Nosotros, como discípulos de Jesús, estamos invitados a este perfecto encuentro con la Palabra de Dios, que no es más que un encuentro profundo y contemplativo con Jesús. San Agustín, que estaba apasionadamente enamorado de Dios, oraba así: “¡Oh Señor, mi corazón estará siempre inquieto hasta que descanse en ti!”. Ahora que comienza nuestra peregrinación de Adviento, demos a nuestros corazones un tiempo para sentir profundamente y arder de amor por la Palabra, que viene a estar con nosotros.

Jesús dice cuatro o cinco veces en el evangelio de este primer domingo de Adviento: “¡Estad alerta! ¡Vigilad! ¡Velad!” ¡El Dios que nos ha amado desde toda la eternidad está a punto de visitarnos! ¿Tenemos nuestros ojos abiertos –para que podamos vislumbrar el rostro de Dios? ¿Estamos alertas y vigilantes en medio de nuestras ocupadas vidas – ya estemos en el trabajo, estudiando, en la oración o paseando por el claustro del monasterio?

El evangelio de Mateo finaliza con la historia del juicio final: “Tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber… Estuve enfermo y me visitasteis…” Entonces la gente le pregunta: “¿Cuándo te vimos?” La respuesta que Jesús da es muy simple: “Si vivís con los ojos abiertos, entonces me veréis”. En otras palabras, si queremos amar a Cristo, es necesario abrir los ojos y amar al prójimo.

¿Vivimos con nuestros ojos abiertos para poder ver el rostro de Dios? “¡Estad alerta! ¡Vigilad! ¡Velad!” Si nos dormimos en vida, entonces dejaremos de ver el rostro de Dios. La gente que está enamorada siente un dolor en sus corazones por su amado. ¿Sentimos este dolor por Dios? ¿Será posible que nos enamoremos de Dios durante este Adviento – y nos encontremos bajando la colina con los pastores en la mañana de Navidad, diciendo: “Señor Dios nuestro, que brille tu rostro y nos salve”? Comienza hoy, permaneciendo despierto, ¡velando por el Dios que está locamente enamorado de nosotros!

¡Herman@s, que tengáis un Feliz Adviento!

fr Brian J. Pierce, OP


[1] Mensaje Final al Pueblo de Dios del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios en la Vida y Misión de la Iglesia, 2.008, n. 4

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