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Carta del Maestro de la Orden sobre la Liturgia

Cuando cada uno de nosotros sintió la convicción interior de querer dar su vida a la predicación en la Orden, también se sintió animado por la alegría de poder orar con los hermanos y hermanas, de escuchar con ellos la Palabra y dejarla descender sobre uno mismo, de dejarla que habite progresivamente en sus propias palabras para bendecir e implorar a Aquel que viene continuamente al corazón de la humanidad. Generalmente, oramos en el coro, dirigidos hacia un espacio central vacío, o mejor, abierto, precisamente para acoger a Aquel que viene. No vamos al coro para cumplir una obligación a la cual nos hemos comprometido: nos reunimos en el coro para esperar juntos a Aquel que viene, para acogerlo y, sobre todo, para aprender a reconocerlo.
La celebración  litúrgica debe ser la oportunidad, repetida varias veces al día y junto con los hermanos, de dejar que la Palabra nos des-centre de nosotros mismos, que ella tome su lugar en nosotros, que se adueñe de nuestro deseo de dar nuestra vida para darla mejor, mas allá de lo que podríamos hacerlo por nosotros mismos. La celebración, repetida cada día y a cada Hora, nos da valor para abrir nuestros oídos a la Palabra, para escuchar las palabras de la Escritura y las oraciones de la tradición, para acostumbrarnos a esa familiaridad que la Palabra quiere tener con nosotros, para discernir por medio de las palabras de la Escritura el rostro del Hijo, fuente misma de la obediencia, que se revela. Necesitamos continuamente recuperar fuerzas, retomar el ánimo, y sabemos que es en el misterio de la Liturgia donde podemos hacerlo, o más bien, donde podemos pedirle al Señor que lo haga en nosotros.
(continuará)