Ir al contenido principal

Carta del Maestro de la Orden sobre la Liturgia (III)

Al centro de la fraternidad reunida por y para la celebración litúrgica llega no solamente Cristo sino también el mundo. La celebración litúrgica es, en efecto, el momento en el que se cultiva dentro de la fraternidad el amor al mundo. Decimos de Domingo que hablaba con Dios o de Dios, le hablaba de la gente a Dios y de Dios a la gente. Se dice de él que no cesaba de interceder por el mundo. La celebración de las Horas es el lugar por excelencia en que nuestras comunidades llevan a la presencia de Dios las aspiraciones del mundo al que somos enviados como predicadores.




Las llevamos cuando retomamos las palabras de los Salmos que expresan con tanta pertinencia los deseos del hombre, sus aspiraciones de salvación e incluso quizás su incomprensión de lo que constituye su historia. Llevarnos las aspiraciones del mundo cuando, cantando los Salmos, hacemos nuestra la historia del pueblo elegido por Dios para ser un pueblo para Dios, y así somos en el mundo un signo de la promesa de que el mundo puede convertirse en un "mundo para Dios". Podríamos decir que, cantando la historia del pueblo para Dios en el centro del mundo, abrimos en la historia contemporánea una brecha que permite elevar la mirada mas allá de esto que parece ser ya un destino sellado, mas allá de lo que aparece como un callejón sin salida, como un obstáculo absurdo pero definitivo en el caminar del mundo. Cantamos la promesa de una Presencia y de una Venida que no se adapta a los "callejones sin salida según el hombre" sino que, al contrario, proyecta sobre las situaciones del momento la Luz de una promesa de eternidad. Cantar, hora tras hora, la Liturgia, es hacer oír en medio del rumor del mundo la convicción de que el mundo está salvado.