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Seguir construyendo Iglesia...


Seguir construyendo la Iglesia, desde la vocación contemplativa
(1ª parte)

RETOS DE CARA AL FUTURO



Cuando se acercaba el Concilio a su término, escribió Pablo VI la Encíclica Ecclesiam Suam. Fue un documento apostólico dedicado al diá­logo. Confesaba el Papa que se sentía alegre y confortado al observar que este diálogo era una realidad, en el interior de la Iglesia y hacia el exterior. Concluía así: «¡La Iglesia está hoy viva más que nunca! Pero, considerándolo bien, parece que todo está todavía por hacer; el trabajo comienza hoy y nunca acaba. Es ésta la ley de nuestra peregrinación sobre la tierra y en el tiempo. Es éste el deber habitual de nuestro ministerio, al que hoy todo estimula para hacerse nuevo, vigilante, intenso.» (6 de agosto de 1964, n. 110).

Los retos de la Iglesia y de la humanidad son retos para las dominicas contemplativas en este contexto de Iglesia viva en que todo está todavía por hacer. Por lo mismo, su ministerio eclesial debe hacerse nuevo, vigilante, intenso, utilizando los calificativos de Pablo VI.

Sin duda que el primer desafío que tienen las dominicas contemplativas es el de la fidelidad a su propio ser, a su propio ideal, a lo que el Espíritu quiere de ellas en el momento concreto.

Les es común con el resto de los religiosos la búsqueda ante todo y únicamente de Dios, para ello deben juntar la contemplación, con que se unen a Dios de mente y corazón, con el amor apostólico, por el que se esfuerzan en asociarse a la obra de la redención y a la dilatación del Reino de Dios (Cf. Vat. II, Perfectae Caritatis, n.5).

Las dominicas contemplativas tienen la misión de dedicarse íntegramente a la contemplación, en clima de soledad y silencio, en asidua oración y generosa penitencia. Es deber suyo mantenerse fieles a este cometido, por mucho que urja la necesidad del apostolado activo. La iglesia quiere que las monjas renovadas guarden fidelísimamente el retiro del mundo y los ejercicios propios de la vida contemplativa. (Perfectae Caritatis, n.7).

El ajustarse fielmente a este ideal es todo un reto para el presente y el futuro, en un mundo lanzado a una actividad vertiginosa, con enorme aprecio por la tecnología y menosprecio por la especulación y las ciencias que tratan de las últimas causas de las cosas, con poca consideración por la teología que, por otra parte, no parece experimentar un momento de esplendor.

La soledad y el silencio crean un clima que hace posible y ayuda al desarrollo de la vida contemplativa. Es el nuestro también un mundo de ruidos, tantas veces enervantes y procurados directamente en altos gra­dos de intensidad, capaces incluso de sacar a las personas de sus cauces normales. El silencio que acompañe a los contemplativos debe ser muy similar al que reinaba en el hogar de Nazaret, al que dedicó un recuerdo Pablo VI en su peregrinación a Tierra Santa en 1964.

«La primera lección de Nazaret —decía—, es el silencio. Cómo desearíamos que se renovara y fortaleciera en nosotros el amor al silencio, ese admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para nosotros, que estamos aturdidos por tanto ruido, tanto tumulto, tantas voces de nuestra ruidosa y en extremo agitada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento y la interioridad, enséñanos la necesidad y el valor de una conveniente formación, del estudio, de la meditación, de una vida interior intensa, de la oración personal que sólo Dios ve». (Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964).