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Seguir construyendo la Iglesia

Seguir construyendo la Iglesia, desde la vocación contemplativa
(2ª parte)


RETOS DE CARA AL FUTURO
 
Pero los contemplativos no buscan sólo un silencio que resulte de la ausencia de ruidos; procuran sobre todo un silencio de todo el ser, vigilante para acoger los dones del Espíritu y para descubrir las urgencias del amor fraterno. (Cf. Pablo VI, Evangelica Testificatio, n. 46).
 
La oración asidua es otro de los valores que ha de tener en alto precio la monja del futuro. Es camino insustituible de redención personal y de salvación del mundo; es, además, el principal deber de justicia que el hombre está obligado a cumplir.
 
Llegarán tiempos de renovación evangélica en la medida en que el hombre entable un diálogo asiduo y sincero con Dios por medio de la oración, en la medida en que el hombre recoja las dispersiones de su corazón, concentre sus energías, acepte el don de una fe viva, crezca en la esperanza de los valores del Reino, que están ya en medio del mundo y tendrán su culminación en el más allá; en la medida en que ame de corazón a Dios como Padre, y se esfuerce por lograr que la semilla de la vida de Dios fructifique en virtudes que consoliden su fisonomía de hijo adoptivo, con derecho a la misma herencia que el Hijo de Dios por naturaleza.
 
A la dominica contemplativa, se le pide en este momento de la historia del mundo que no deje desmayar sus manos, armadas con la oración. «La oración, decía Santa Catalina de Siena, es un arma con la que el alma se defiende de todo adversario, sometida con la mano del amor y con el brazo de la libertad, defendiéndose con esta arma a la luz de la santνsima fe». (Diálogo, LXV, ed. Cavallini, p.142).
 
Generosa penitencia es camino que conduce al cristiano y, en especial al cristiano contemplativo, hacia las cumbres del ideal. En el plan de salvación trazado por Cristo para la humanidad entra la penitencia como gesto de amor, como donación en favor de los demás, como desasimiento de uno mismo para entrar con mayor libertad en los planes de Dios, como medio eficaz de perfección, como expiación por la infidelidad personal y del mundo, como sabiduría de la cruz, que sólo alcanza a descubrir el que se deja conducir por la fe y encarna de verdad la máxima de San Pablo: «Cuanto a mí no quiera Dios que me gloríe sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gal 6,14).
 
«El penar y el morir humanos ─escribía el P. Llamera─, no son fruto del amor, sino de la naturaleza y del pecado. Pero, asumidos por el amor de Cristo, fueron redentores y vivificadores en Ιl y lo son también por su gracia en quienes los conllevan con su mismo amor». (Valor apos­tólico de la vida contemplativa, pp. 89‑90).
 
(continuará)