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Seguir construyendo la Iglesia, desde la vocación contemplativa-3-


La Iglesia en los comienzos de su tercer milenio pedirá a las dominicas contemplativas que sigan fieles a su entrega a la contemplación, que cultiven la soledad y amen la clausura; que estén en permanente solidaridad con todos los humanos, que vivan en oración y penitencia los grandes problemas que afectan al mundo.

Su vida tendrá que proyectarse con eficacia para contribuir al reme­dio de esas grandes necesidades, como son: la falta de respeto por la vida humana, el hambre y la miseria que afecta a una gran parte de la humanidad, las nuevas formas de esclavitud social y psicológica, las divisiones que surgen de fuerzas contrapuestas, la falta de formación, las tensiones por motivos políticos, ideológicos, raciales, económicos, la ma­nipulación del proceso vital al margen de toda norma moral, la falta de un verdadero cultivo de los espíritus. De modo especial tendrán que volcarse a una tarea de nueva evangelización, creadora de la civilización del amor por tantos deseada.

Los grandes desafíos exigen actitudes clarividentes, gestos generosos, confianza en los medios que proporciona la providencia, escucha del Espíritu, fidelidad a su Iglesia, disposición para la búsqueda permanente y para la creatividad, dejar a un lado el movimiento de pura inercia y sustituirlo por el que impone el amor que se traduce en compromiso, buscar formas de lenguaje que resulten inteligibles. Todo será poco para llegar a esas muchedumbres cada vez más numerosas que se alejan de la religión.

La vida claustral no puede hacerse a un lado en el compromiso de llenar de espíritu el mundo moderno, de devolverle su verdadera alma; es más, a las monjas corresponde echar bases sólidas en esta construcción, ejercer el apostolado de modo eminente desde la plena vida contemplativa; mostrar con claridad que la verdadera y plena liberación de la humanidad no puede venir sólo del esfuerzo humano, en desconexión con la fuerza que procede de lo Alto.

Para esta tarea se le pedirá remarcar ciertos rasgos que deben estar siempre claros en el rostro que presente la vida religiosa.

Debe brillar la fe que se apoya en Dios y fructifica en obediencia a sus proyectos. De cara a un mundo cada vez más numeroso que se aleja de Dios, los religiosos debemos mostrar de un modo inequívoco con nuestra vida que nos fiamos de Dios, que todo el apoyo para vivir viene de Él, que toda verdad si de Él se aleja se convierte en mentira, que todo bien deriva en egoísmo si no está en contacto con la fuente primera de la bondad.

La vida religiosa debe estar plenamente centrada en Dios; no valen para ella otras motivacio­nes. Este centrarse en Dios se exterioriza en un cumplimiento fiel de cuanto Él dispone para bien del hombre en su Pueblo que es la Iglesia. Este rasgo de la vida religiosa animada por la obediencia de la fe ayudará a superar la tendencia tan difundida de dar un sentido puramente subjetivo a la existencia.

A la vida contemplativa del futuro se le pedirá ofrecer comunidades vivas, no necesariamente numerosas en cuanto a sus integrantes, pero sí con fuerzas suficientes para que su esquema de vida se mantenga vigoroso.

Esto no será en absoluto posible sin una verdadera e intensa solidaridad y sin fuertes lazos de comunión entre los monasterios de una misma Orden.


-continuará-