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En la vida y en la muerte, somos del Señor


“Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor”

“Morir juntamente con Cristo es superar la indiferencia apática de la existencia;  es dejar de lado tantos caprichos, dejar de lado la inconstancia, olvidar la superficialidad, abandonar la vanidad y la apariencias y elegir, en cambio, con decisión y adherirse con fidelidad al Evangelio.

Morir juntamente con Cristo es desprenderse o dejarse expoliar de las riquezas o de la gloria humana para ordenar la vida con la mirada puesta en el Reino de Dios.

Morir juntamente con Cristo es correr el riesgo de un amor fraterno que requiera el desprendimiento del propio;  es el sufrir riesgos por el testimonio de la verdad y de la justicia entre los hombres, o sufrir marginaciones  por la fidelidad a la palabra dada.

Morir juntamente con Cristo es aceptar la incomprensión y las resistencias de quienes nos rodean y admitir los cambios que sirvan para reactivar la fidelidad.

Morir juntamente con Cristo es aceptar la propia muerte como una ofrenda y una entrega filial a Dios y es aceptar en la esperanza también la  muerte de nuestros hermanos y amigos.

Morir juntamente con Cristo es vivir con alma serena la propia vejez, el abatimiento y los fracasos, incluidos también los mismos fracasos apostólicos.

Morir juntamente con Cristo es liberarse del egoísmo y del narcisismo para poder responder a tantas exigencias de amar, de compartir, de perdonar, de reconciliarse.

Morir juntamente con Cristo es conocer en determinados  momentos la oscuridad de la fe y mantenerse aún entonces en la fidelidad.

Tantos son pues, los actos de renuncia y los momentos de sacrificio casi imprescindibles en toda existencia cristiana, vivida en profundidad. Per librémonos de hacer de ellos un programa fijo. El Espíritu Santo hará ver a cada uno en el momento escogido, en una paz y gozo más hondo que las tempestades de la superficie y el desasosiego del ánimo, la llamada que le concierne, según la etapa en que esté, el tiempo en que vive, y la vocación que ha recibido. No hay ni una celebración de la Eucaristía en la que Cristo, compartiendo el sacrificio pascual con sus creyentes reunidos, no acoja en sí todo lo que en la vida de los fieles tenga razón de sacrificio y de renuncia evangélica para convertirlo en frutos de vida por la fuerza de su resurrección.

¿Es así nuestra celebración eucarística?”

                                                                          Fray Pedro Andrés Liégé, O.P.  

 



 

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