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Seguir construyendo la Iglesia, desde la vocación contemplativa-4-


La comunión es un bien que hunde sus raíces en la entraña misma del cristianismo, e impulsa a todos los bautizados a participar de un idéntico fuego de vida, de una misma savia doctrinal, de una adecuada formación, de una oración redentora, de un estilo de vida en tensión permanente, de un compromiso evangelizador.

Además, una de las características de nuestro mundo es la de la unificación creciente. Los cristianos confesamos que el hombre no puede lograr su propia plenitud sino es en comunión con los demás. La vida de comunión engrandece al hombre en todas sus cualidades.

El Concilio Vaticano II decía que cuanto más se unifica el mundo, «tanto más los deberes de los hombres rebasan los límites de los grupos particulares y se extienden poco a poco al universo entero. Ello es imposi­ble si los individuos y los grupos sociales no cultivan en sí mismos y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de una nueva humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia.» (Gaudium et Spes, n.30).

El mismo Concilio pone en guardia a todos para no sucumbir a la tentación de «encerrarse en una dorada soledad». Los valores humanos se hacen más fuertes cuando el hombre acepta las inevitables obligaciones de la vida social, toma sobre sí las múltiples exigencias de la convivencia humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive. (Ibíd., n.31).

Otro rasgo, el más fuertemente a marcar en la vida religiosa del futuro es el de la caridad, que de por sí es el bien común más universal y difusivo. El amor de Dios está en el centro de la llamada y de la respuesta; la vida comunitaria tiende a la unión de almas y de corazones en Dios, como escribe San Agustín en su Regla.

El amor fomentado en el interior del monasterio desborda hacia el exterior en apostolado permanente, en evangelización sin fronteras, por cauces ciertamente misteriosos. Por medio del testimonio de una vida centrada en lo Absoluto de Dios, en radicalidad evangélica, en total disponibilidad para con el Señor, la Iglesia y la Humanidad. Por el testimo­nio silencioso de pobreza y desprendimiento, de pureza y transparencia, de abandono en la obediencia. «En esta perspectiva, escribía Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, se intuye el papel desempeñado en la evangelización por los religiosos y religiosas consagrados a la oración, al silencio, a la penitencia, al sacrificio». (n. 69).

Este testimonio tiene una proyección hacia Dios, que ve en lo escondi­do, y otra hacia los hombres, que necesitan de lo visible para acceder a lo invisible; precisan de signos para llegar a lo significado.

Las dominicas contemplativas del futuro tendrán que procurar que su vida orante y penitente, su género de vida, se haga luminoso a través de signos adecuados, que transparenten una vida de fidelidad a su vocación.

Tendrán que plantearse con todo esmero la configuración material de sus monasterios, el ordenamiento interno de los mismos, su situación geográfica, los vínculos fraternos y jurídicos con entidades que agrupen monasterios pertenecientes a una misma Orden, e incluso la configura­ción jurídica en el interior de la misma Orden. En una palabra, tendrán que seguir profundizando en los cauces de renovación que se han ido trazando a lo largo del tiempo en la Iglesia.

Respecto a la situación geográfica de los monasterios todo hace pensar que el Espíritu impulsa hacia un replanteamiento, hacia una mejor distribución del testimonio de la vida contemplativa por la redondez de la tierra.

El Vaticano II reconoce que los religiosos, y como no puede ser menos menciona expresamente a los contemplativos, han tenido y siguen tenien­do la mayor parte en la evangelización del mundo. Reconociendo y agrade­ciendo tantos servicios, invita a seguir sin desfallecer en la obra comenzada, «sabiendo como saben, que la virtud de la caridad, que deben cultivar perfectamente por exigencias de su vocación, los impulsa y obliga al espíritu y al trabajo verdaderamente católicos». (Ad Gentes, n. 40).

A continuación hace el Concilio un ruego a los contemplativos para que funden casas en países de misión, como no pocos ya lo han hecho, a fin de que den preclaro testimonio ante los pueblos de la caridad de Dios y de la unión en Cristo.

A la interioridad del espíritu se llega a través de la vía de lo sensible, a través de lo que captan los sentidos externos. Los hombres necesitan de la vida contemplativa establecida en medio de su propio entorno vital. A las nuevas fundaciones se les pedirá, como es obvio, un esfuerzo de inculturarse en los países donde se establezcan; tendrán que ajustarse a las tradiciones genuinamente religiosas de los pueblos.

Desde que la Iglesia comienza a echar raíces en un territorio concreto debe promoverse con diligencia la vida religiosa; debe arraigar ya allí la vida contemplativa. «La vida contemplativa ─escribió el Vaticano II─, pertenece a la plenitud de presencia de la Iglesia. Por ello es necesario establecerla en todas las Iglesias nuevas». (Ad Gentes, n.18).

Es éste un buen desafío para la vida religiosa contemplativa en el futuro, cuando falta todavía tanto por hacer en orden a esa plenitud de presencia de la Iglesia. Su misión será la de revelar el rostro de Cristo, redentor desde el trabajo, el silencio, el esfuerzo mantenido, la regularidad, la alabanza, la adoración, la súplica, la expiación. La Iglesia necesita ofrecer de forma visible este rostro a través de los contemplativos para que se logre la plenitud de su presencia salvadora.

Para semejantes compromisos será necesaria una muy sólida forma­ción, orientada no sólo ni preferentemente a lograr personas cultas, sino sólidas en su fe y generosas de corazón, sensibles a las exigencias de la verdad y la bondad de Dios, maduras en sus criterios, capaces de compar­tir los gozos, esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, especialmente de los pobres y de cuantos sufren.

Para esta formación y para el cometido altísimo de la vida contemplativa el Señor ha multiplicado sin duda las llamadas en nuestro tiempo, y las seguirá repitiendo en un futuro. No puede ser de otro modo.

A nosotros nos toca seguir orando para que envíe muchos obreros a su mies, cada vez más extensa, cada vez más difícil de trabajar. Nos corresponde igualmente seguir comprometidos en acortar distancias entre la perfección del mensaje que anunciamos y la fragilidad de nuestras fuer­zas. Dios es poderoso para hacer brillar en nosotros y en nuestras comuni­dades esa señal de Cristo que constituye la hermosura de la Iglesia. Hacia esa meta queremos caminar, preparando tiempos nuevos para la vida contemplativa, llamada a poner sólidos cimientos sobre los que se construya para Cristo este tercer milenio de la historia cristiana, tan próximo a comenzar.

 

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