Ir al contenido principal

El hombre es solamente él mismo en la Presencia de Dios

Si en la oración no encuentras ninguna resonancia sensible de Dios en ti ¿por qué  inquietarte? La frontera entre el vacío y la plenitud es imprecisa, como lo es entre la duda y la fe, entre el temor y el amor.
Lo esencial permanece oculto a tus propios ojos. Pero el ardor de la búsqueda se hace  aún más intenso, a fin de avanzar hacia la única realidad. Entonces, poco a poco, se vuelve  posible el presentir la profundidad, la anchura, de un amor que sobrepasa todo conocimiento.  Ahí ya tocas a las puertas de la contemplación. Es de ahí de donde sacas energías para  empezar de nuevo cada día, para la audacia de los compromisos.
El descubrimiento de ti mismo, sin tener a nadie que te comprenda, puede provocar como  una vergüenza de existir que llega hasta la autodestrucción. Llegas a veces a creerte un  condenado vivo. Pero para el Evangelio no hay ni normalidad ni anormalidad, hay hombres a  imagen de Dios. Entonces ¿quién podrá condenar? Jesús ora en ti. El ofrece la liberación del  perdón a todo aquél que vive con un corazón de pobre, para que él sea — a su vez — un  liberador para los demás.
En todo hombre se encuentra una parte de soledad que ninguna intimidad humana puede  colmar, ni siquiera el más fuerte amor entre dos seres. Quien no consiente a ese lugar de soledad, conoce la rebelión contra los hombres, y contra el mismo Dios.
Sin embargo, jamás estás solo. Déjate sondear hasta el corazón de tu propio ser, y verás  que todo hombre ha sido creado para ser habitado. Ahí en el fondo del ser, allí donde nadie se  parece a nadie, Cristo te espera. Ahí tiene lugar lo inesperado.
 Paso fulgurante del amor de Dios, el Espíritu Santo atraviesa a cada ser humano como un  relámpago en su noche. Por este paso, el Resucitado te toma, cargando sobre sí todo lo que  es intolerable.
Solamente después, a veces mucho tiempo después, tú lo comprenderás: Cristo ha  pasado, su sobreabundancia te ha sido dada.
 En el momento en que los ojos se abran a este paso, te dirás: « ¿No estaba mi corazón  ardiente dentro de mí, mientras él me hablaba?»


 Cristo no aniquila al hombre de carne y de sangre. En comunión con Él, no hay lugar para  las alienaciones. Él no quiebra lo que está en el hombre. Él no vino a abolir, sino a dar  cumplimiento. Cuando escuchas, en el silencio de tu corazón, el transfigura lo más inquietante  en ti. Cuando estás envuelto por lo incomprensible, cuando la noche se hace densa, su amor  es un fuego. A ti, el mirar esa lámpara encendida en la oscuridad, hasta que la aurora comience a despuntar y amanezca el día en tu corazón, te llenará de paz.

Comentarios