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A Jesús crucificado

Me arrodillé, Señor, al pie de la cruz…
Miré hacia arriba. ¡Qué alto estaba tu pecho que altos tus labios, que alta tu frente coronada de espinas!  Mis manos  hallaron solo tus pies y allí permanecieron en larga  y estremecida caricia. Mis manos hallaron la herida sangrante que abrieron los clavos…
Me puse en pié. Me empiné de puntillas, tendí hacia arriba mis brazos. Levanté mi cabeza; los labios se estiraron hambrientos, ansiando más.

¡Qué lejos estaba aún tu pecho y tu boca, tus ojos y tu frente!  Zaqueo subió al sicómoro para verte. Yo intenté trepar por la cruz para abrazarte,  pero mi estatura interior era menor que la  física de Zaqueo.
Han pasado sobre mi vida, inútiles y estériles los años. Nací de Ti, del dolor de tu cruz, y como recién nacido tenía que desear la leche del Espíritu;  leche y miel abundosa de sangre, que fluye de tu pecho abierto por el amor, nunca exhausto para el amado.
Alimentado y robustecido tenía que crecer en Ti hasta la madurez de la edad, dejando atrás, como paso necesario, mi condición infantil.
No ha sido así. Un raquitismo pertinaz nutrido de pecado, ha impedido mi crecimiento en Dios. Peor. Muerta la vida de mi alma, me he hundido en el abismo de mi miseria, de mi nada.
Y ahora, ¡el abismo prorrumpe en voces y levanta sus manos a la altura!  ¡Qué lejos está de mis manos –aunque me empine-  tu pecho Señor, y tu boca y tu frente!   No he crecido, me he hundido al fondo de las aguas como la piedra que solo deja círculos en la superficie.
Con todo,  mis manos siguen amorosamente acariciando tus pies, hasta que tu sangre penetre en mí, me dé vida y me haga crecer hasta llegar a la plenitud de la edad en Cristo.


Comentarios

Rosa ha dicho que…
Gracias, hermanas.

Un beso muy grande.