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Pascua 2014

  
 María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, como en otras muchas ocasiones pasa desapercibida en la Resurrección de su Hijo.
En la Cruz la vemos allí, nos lo dice el evangelio: “junto a la cruz de Jesús estaba su Madre…” anteriormente nos la pone la tradición, en la calle de la amargura, siguiendo a su Hijo por esa vía dolorosa, siguiendo sus pasos, sufriendo sus dolores, compartiendo sus oprobios. Sin embargo, en la Resurrección de Jesús, María permanece a la sombra, ningún evangelista nos narra el encuentro del Hijo resucitado con la Madre.

          María vive el acontecimiento de la resurrección, igual que vivió el de la crucifixión de su Hijo, puesto que toda su vida ha sido la mujer de fe que ha creído sin ver. En la Encarnación dio fe a las palabras del Ángel que le anunciaban su maternidad; a lo largo de la vida oculta de Jesús, creyó sin lugar a dudas y a pesar de la cotidianidad en que vivió Jesús, creía que era el enviado, el Hijo de Dios. Durante su vida pública, la Madre queda a la sombra en los éxitos de su Hijo, pero siempre a su lado, invisible; al igual que tantas madres en los momentos de triunfo de los hijos, ellas están ahí pero son invisibles, están en su puesto, es en el momento del dolor donde ellas toman cuerpo y con todas sus fuerzas llenan de vida esas situaciones. Así María junto a la Cruz está firme, al igual que la “roca” que un día su hijo dijo sobre la que se “construiría una casa”. Ese es su sitio, junto al Hijo, y de ahí no se moverá hasta que sea bajado y puesto en el sepulcro. Es cierto que de ahí no se apartó en espíritu, aunque su cuerpo tuvo que alejarse, pero su corazón, su espíritu, su vida, su alma permaneció junto al cuerpo muerto de su Hijo. Con palabras del Papa Juan Pablo II -el cual tendremos la alegría de verlo ya canonizado el día 27- seguimos las huellas de María la mujer de fe, la Mujer que no necesitó pruebas para creer:


 
Después de que Jesús es colocado en el sepulcro, María es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección”
      

  Ella no necesitó ir al sepulcro “muy de mañana”, como las mujeres, ella ya estaba allí y el Hijo ya estaba en ella, como la primera vez, suave, silencioso, luminoso, bello, bello como jamás había estado, como cuando salió de su seno, sin violencia, sin ruidos, simplemente estaba allí junto a ella, en sus brazos de Madre hundiendo su cabeza en su pecho, en  un abrazo, nunca mejor dicho, eterno.
          Fuera quedaba el ruido, el ajetreo, el nerviosismo y la gran expresión “EL SEÑOR HA RESUCITADO”…. María miraba, escuchaba y sonreía.

            Con palabras del nuevo santo, os deseamos a todos este gozo y esta alegría:

“En el tiempo pascual la comunidad cristiana, dirigiéndose a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: "Regina caeli, laetare. Alleluia".

"¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!". Así recuerda el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el "¡Alégrate!" que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en "causa de alegría" para la   humanidad entera"





Comentarios

Rosa ha dicho que…
Gracias, hermanas, bellísimo texto. Gracias.

¡Feliz Pascua!

Un beso grande.