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Novena de Santo Domingo. 2015. Tercer día.

Nuestro Padre no se entendía a sí mismo ni la misión que el Señor le confió sin la Iglesia. El carisma de la predicación que él recibe es un don del Espíritu Santo a la Esposa de Cristo que contribuye eficazmente a su edificación. La Orden fundada por Domingo nace en el seno de la Iglesia para servicio de la misma por la sensibilidad de este gigante de la caridad ante la necesidad del retorno a la sencillez de los tiempos evangélicos. En un tiempo de auténtica crisis eclesial, Domingo aparece como un puntal decisivo que sostiene una Iglesia enferma, agonizante; como un reformador que rescata la frescura del testimonio apostólico y lo entrega a un mundo que lo necesita con carácter de urgencia a través de un modo de vida que imita con fidelidad y amor el de Jesús y sus más íntimos.

Lo que bulle en el hondón del alma de Domingo es un celo ardiente por la salvación de las almas. A imitación de su Maestro no descansa ni sosiega hablando a Dios de los hombres y a estos de Dios. Afirman los testigos de su proceso de canonización que en esto consistía su vida. Su grito orante, “¿qué será de los pobres pecadores?”, pone de manifiesto la razón de ser de su existencia: Domingo se entiende a sí mismo como miembro de Cristo en la medida en que gasta y desgasta su vida por y para la salvación de las almas, el mismo fin al que tiende y en el que se concreta la misión de la Esposa del Señor; el mismo que confía a sus hijos y a sus hijas.

Todos ellos participan de este amor incondicional y ardiente por la Iglesia de Cristo siendo algunos paradigmas de dicho amor. Entre ellos destaca Catalina de Siena, Doctora del Cuerpo Místico de Cristo, que entrega su vida entera y muere consumida en el amor a una Iglesia necesitada de unidad, de purificación, de paz. Jerónimo Savonarola, reformador y profeta, hizo de la denuncia del estado lamentable de corrupción que afectaba a los estamentos eclesiales de la Iglesia de su tiempo el motivo fundamental de su existencia.

También las monjas del Sancti Spiritus han sido, desde la fundación de su monasterio en 1316, continuadoras del amor de Santo Domingo a la única Iglesia de Cristo. Convocadas por el Señor a imitar el modo de vida que Él asumió al encarnarse, nuestras predecesoras y las que ahora vivimos en el mismo lugar que ellas habitaron, deseamos edificar la Iglesia viviendo unánimes en Jesús y amándonos unas a otras descubriendo en cada una el don del mismo Señor a las demás para vivir este género de vida escondida en Dios que desde el seno del Padre vivifica a la Iglesia y al mundo entero. Un mundo que, como el del tiempo de Nuestro Padre, vive alejado de Dios y agoniza en la mayor de las pobrezas: la que consiste en desconocer al Dios que lo ha creado, que lo salva y habita llamándolo a Sí para que alcance la plenitud a la que es llamado por su Hacedor.


Santo Padre Domingo, Luz de la Iglesia, haznos pequeñas lumbreras que, siguiendo tu ejemplo, indiquemos el camino que conduce a la Verdad predicando la Verdad que es Cristo, el Verbo encarnado del que tú llegaste a ser imagen fidelísima y, por eso, luz para el mundo.


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