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Novena a Santo Domingo. 2015. Octavo día.

Nuestro Padre Santo Domingo tuvo a la Virgen un amor especial. Este amor, como todo en él, configuró su propia vida, su misión y la obra que Dios le encomendó.  Domingo es mariano por un título especial. Dice el P. Cormier que su devoción a María, la Madre del Verbo encarnado, puede considerarse como una gracia de estado, un don que el cielo le reservó en cuanto fundador de una Orden, para mejor cumplir con su misión.

Repasando su biografía caemos en la cuenta de que los amores de Domingo no podían ser sino los que fueron. Y es que quien había de dedicar su vida entera, por expreso querer de Dios, a predicar la Verdad defendiéndola de los peligros que la acechaban en un intento de ensombrecerla, no podía ser sino luz para los ojos enfermos de los herejes que negaban la divinidad de Cristo y, por tanto, la divina maternidad de María. Nuestro Padre fue luz anunciando el Misterio de la Encarnación posibilitado por María. En este contexto de herejía, Domingo predica la verdad evangélica y, por eso mismo, se convierte en un particular apóstol de María, puerta de nuestra salvación que con su plena disponibilidad hizo posible la entrada del Verbo en el mundo. 


No es casualidad que sus hijas, raíces del árbol de su Orden, nacieran en torno a una pequeña capilla dedicada a la Virgen en Prulla -Francia-; tampoco lo es que a sus hijos se les conociera como a los “frailes de María” ni que su oración corriera a posarse en el regazo de la Madre en la confianza de que Ella hiciera llegar al Hijo los ruegos, llantos, gemidos, sonrisas, estudio, mortificaciones… en los que se materializaba la plegaria de Domingo. Y es que gracias a los testigos de su proceso de canonización sabemos que Nuestro Padre sembró los caminos de su predicación itinerante cantando a Nuestra Señora la Salve y el Ave Maris Stella. La oración de Domingo era, en estas ocasiones, un canto a María que, a través de Ella, llegaba al Hijo.

Somos lo que amamos. Y Santo Domingo amó con pasión a María. Por eso su vida fue un reflejo de la de la Madre. La obediencia de María sirve de inspiración y tiene su correlato en el único voto que profesaríamos sus hijos y, como testimonio de la propia devoción a María y el pleno sometimiento a Ella, Domingo inventa una nueva fórmula de profesión religiosa con la que expresamente se promete obediencia a María. Esta profesión de obediencia a la Virgen es el reconocimiento público y oficial del título de cofundadora de la Orden que nuestros primeros hermanos atribuyen a la Señora. 

Popularmente se conoce a Nuestro Padre como fundador del rosario. El Rosario de Domingo era, sin embargo, distinto del que ahora rezamos sus hijos y la Iglesia entera en cuanto a forma. Pienso que el rosario de Nuestro Padre consistía en elevar su alma al Misterio de María y llenar su corazón de gozo al contemplar a la Madre. Domingo rezaba el rosario dejando que el canto del Ave Maris Stella lo introdujera más y más en la vida, la persona, el corazón de la Virgen. 

En casa y yendo de camino… Nuestro Padre oraba siempre. Esa oración itinerante era, en muchas ocasiones, dirigida a María. Su gran voz, hermosa y sonora, vibraba en mil notas de amor al entonar  los cantos marianos que le introducían en el Misterio de la Virgen Madre. Ese amor le hizo semejante a María, quien lo miraba con un cariño especial por recordarle tanto al Hijo; ese amor se hizo concreto en torno a la capilla de Prulla que vio nacer a sus primeras hijas; ese amor imprimió carácter en sus hijos, los frailes de María. Ese amor, en forma de canto, sigue resonando hoy en todos los rincones del mundo en el corazón de cada dominico, de cada dominica y en sus voces cuando rezan el Ángelus o entonan la Salve cada noche. Los ecos de ese canto se escuchan todavía en el Languedoc, por los caminos de Italia y España que Nuestro Padre, predicador incansable de la gracia, recorrió durante su vida. Ojalá que nuestro rosario sea cada vez más y más parecido al de Nuestro Padre... A él le pedimos hoy que no se olvide de nosotras, de nuestros hermanos en la Orden, de todos los que amamos a María, para que su intercesión nos obtenga del Cielo la gracia de la contemplación que cambie nuestras vidas y las de nuestros hermanos los hombres. Cumple, oh Padre, lo que prometiste socorriéndonos con tus plegarias!


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