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Novena a Santo Domingo. 2015. Quinto día.

Muchos de los testimonios sobre la vida de Santo Domingo que han llegado a nosotros destacan un rasgo de su personalidad que llamaba poderosamente la atención de los que lo conocieron: el Padre de los Predicadores era un hombre entrañable y profundamente compasivo.

Destacaba en él una sensibilidad especial para empatizar con el sufrimiento ajeno haciéndose cargo del mismo para, en primer lugar, guardarlo en el sagrario de su compasión presentándoselo a Jesús. De entre todas las pobrezas y necesidades que veía a su alrededor, fray Domingo se dolía, sobre todo, del apartamiento de los fieles de la verdadera fe, del desconocimiento de la Verdad por parte de tantos, de la ausencia de Dios en un mundo enfermo...

De semblante siempre risueño y alegre dicen los que le conocieron que sólo percibían el ensombrecimiento de su natural y sobrenatural alegría cuando se afligía por el conocimiento de algún dolor de sus hermanos los hombres. Santo Domingo contemplativo acudía entonces a Dios para interceder ante Él por los demás hablándole de todo lo que había guardado en su corazón a ejemplo de la Madre de Jesús a la que tanto quiso.


 Pero Nuestro Padre era también hombre de acción. Por eso, tras hablar a Dios de los males que aquejaban a los hombres y a la Iglesia de su tiempo, pasaba a anunciar la Verdad a través de la predicación para ayudar a superar la pobreza moral que campaba a sus anchas y a desprenderse de sus bienes para dar a los necesitados. Así, siendo todavía estudiante joven en Palencia, sobrevino una hambruna en toda España. Ante esta situación desesperada, las entrañas compasivas de fray Domingo se conmovieron; esa compasión le llevó a vender todos sus libros y su ajuar para distribuir los beneficios entre los pobres. Cuentan que su ejemplo cundió entre los ricos y los maestros que se vieron impelidos a hacer lo mismo.

Este corazón compasivo fue aprendiendo la compasión desde los primeros momentos de su existencia. El pequeño Domingo tenía en casa una reflejo de la misericordia de Dios en su madre. La Beata Juana de Aza, la Santa Abuela para todos los hijos del Padre de los Predicadores, era conocida entre sus vecinos por su gran compasión hacia los pobres y necesitados. Cuentan de ella que, en una ocasión, obtuvo del Cielo, presentando a Dios los méritos de su hijo que ella bien conocía, que un tonel de vino que su solicitud por los necesitados había vaciado previamente, rebosara de un vino exquisito en virtud de su plegaria confiada. Como la Virgen en Caná, Juana suplicó y consiguió el milagro.


¡Cuántas gracias tenemos que dar a la Santa Abuela por los ejemplos que dio a su hijo! Por su desprendimiento consagrándolo a Dios y separándose de él cuando aún era un niño para ponerlo al servicio de Dios. Hoy, como entonces, Juana de Aza continúa proveyendo las necesidades de la familia de su pequeño Domingo siendo para nosotras, como lo fue para él, un ejemplo a seguir y una madre a quien amar.


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