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Novena a Santo Domingo. 2015. Séptimo día.

Se puede contemplar a Nuestro Padre desde distintos ángulos teniendo en cuenta unos u otros de los rasgos que caracterizaron su riquísima personalidad. Ahora bien, sea cual sea la perspectiva escogida,  siempre descubriremos en él una ardiente pasión por la salvación de las almas. Miremos como miremos, es esta pasión la que hace vibrar el corazón de Domingo, la que da contenido a su oración constante, la que lo impulsa a obrar.

Su espiritualidad, marcada de manera singularmente intensa por el amor al misterio de la encarnación, es un signo elocuente de su atracción por la misión del Verbo entre los hombres: su salvación. 

Domingo se siente convocado a secundar una llamada que sitúa en el centro de su vida el interés por actuar esta salvación. Ésta es la médula del proyecto fundacional para el cual fue dotado de dones singularísimos por parte de Dios.

Su exquisita sensibilidad, que se dejaba "tocar" por las necesidades y sufrimientos ajenos, tiene su paralelo en el orden sobrenatural en la caridad que abrasaba su corazón convirtiéndolo en sagrario de compasión en el que encerraba a todos los hombres a quienes amaba con ternura y por quienes intercedía ante el Padre de manera continua e insistente sin darse tregua. Son precisamente las carencias y pobrezas, las necesidades de sus hermanos, las que interpelan a Domingo y comienzan a prepararlo para recibir del Espíritu el carisma que legaría a su Orden.

La mirada contemplativa de fray Domingo es una mirada que penetra en lo más profundo de la realidad y le hace ponerse en marcha como servidor de la misma para que nadie sufra los estragos del error que separa de la Verdad, para que todos la conozcan y la amen.

Es la salvación de las almas la ingente "tarea" que el cielo ha encomendado a nuestra Orden. Y cada uno de sus miembros, viviendo de manera diferente y complementaria el carisma de la predicación para la salvación de todos, tratamos de hacer realidad cada día, en medio de nuestras pobrezas, esta misión para gloria de Dios y bien de la Iglesia y del mundo. Así, tendiendo a la perfecta caridad para con Dios y para con el prójimo, caridad que es eficaz para buscar y procurar la salvación de los hombres, somos conscientes de que nos convertiremos en verdaderos miembros de Cristo cuando nos consagremos totalmente a ganar las almas para Él. En la lucha amable y alegre que nos sostiene en este empeño y nos hace comenzar y recomenzar tantas veces como nuestra debilidad lo haga necesario, deseamos imitar a Jesús, el Salvador de todos, y a Nuestro Padre Domingo, fiel imitador del Señor que nos abrió una senda segura para llegar a la Casa del Padre acompañados de muchos hermanos.

Gracias, Señor, por habernos regalado en fray Domingo un Padre que nos enseña a ir albergando en nuestros corazones tus mismos sentimientos, esos que te llevaron a entregarte del todo, sin tasa, sin medida... Son esos  mismos sentimientos los que te llevaron a dar a tu Iglesia un hombre que, por su docilidad a la gracia, se hizo viva imagen tuya. Haznos, Jesús, dignos hijos de tan buen Padre.


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