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Novena a Santo Domingo. 2015. Sexto día.

Bucear en la figura de Nuestro Padre es una aventura apasionadamente entrañable. Resulta conmovedor repasar la biografía de este hombre de Dios: es un hecho constatable que su vida entera, sus ejemplos, de los que tenemos noticia por los testigos de su causa de canonización, no dejan indiferente. La persona de Domingo es tan real y está tan presente que, al tratar de él o con él, las fibras del alma resultan tocadas por una suerte de gracia especial: son los ecos de una santidad que se expande y dilata llegando a todos los que nos acercamos a él. El fruto inmediato de esta irradiación es un deseo ardiente de entrega auténtica que, depositado en el hondón del alma, obra desde ahí...

Si esto sucede al contemplar cada aspecto de su vida en el que nos detengamos, sucede de manera particularmente intensa cuando hablamos de su oración. Esto puede muy bien suceder porque fray Domingo no sólo era un hombre de oración sino que era oración misma; Nuestro Padre, además de ser hombre que ora es, ante todo y sobre todo, hombre orante: la oración era su misma vida y su vida entera era el fruto de su oración.

Domingo oraba día y noche, sin solución de continuidad. Sus largas vigilias prolongaban su oración mientras sus frailes descansaban. De ahí tomaba todo lo que luego daría a los hombres en unas jornadas cargadas de misericordia en las que entregaba la Verdad contemplada y se daba él mismo a imitación del Señor, vibrando como el Maestro por la salvación de las almas.

Precisamente por eso, porque no había ruptura entre su oración y su vida, los que tuvieron la inmensa suerte de vivir con él veían en su rostro y en su conducta “destellos” de esa oración que sostenía y daba razón de ser a la vida del primer Predicador. En este sentido resulta especialmente revelador el testimonio de la Beata Cecilia: “Hombre orante en la expresión del rostro, en el amor y reverencia que despertaba en quienes le veían y en la alegría que contagiaba a su prójimo”.

Si todos sus hijos miramos a este Padre queridísimo tratando de imitar sus ejemplos, en lo que se refiere a la oración, sus hijas contemplativas nos sentimos particularmente urgidas a seguir sus pasos. Él quiso facilitarnos, regalándonos un peculiar género de vida, que todo nuestro ser vibrara al contacto con Dios como lo hacen las cuerdas del instrumento al ser pulsadas. Los nueve modos en que Nuestro Padre acostumbraba orar y que han llegado hasta nosotros son un magnífico ejemplo de este poner la persona entera a disposición de Dios en una actitud de apertura que hace posible su acción en la propia vida.

Unas palabras de nuestro hermano Timothy Radcliffe, Maestro de nuestra Orden desde 1992 hasta 2001, definen con precisión quiénes somos las monjas predicadoras en y para la familia de Domingo, para la Iglesia y para el mundo entero: “Orar la Palabra es parte del acto de la Predicación, la alegría de la liturgia es parte también de nuestra predicación, así como la vida común. Vosotras, las monjas, sois una Palabra predicada en vuestro ser y todo el Monasterio es una Palabra de Dios enviada, una palabra que se hace carne y sangre llena de gracia y de verdad”.


Deseamos ser cada día más conscientes de la grandeza del don que es  nuestra vocación, regalo de Dios para nosotras mismas y para nuestros hermanos los hombres. Y con Jordán de Sajonia, hijo fidelísimo de Nuestro Padre y primer sucesor suyo al frente de su Orden, pedimos a fray Domingo para cada una, para cada uno: hazme como tú, ferviente en la oración.



Comentarios

Anónimo ha dicho que…

Bastaría un acercamiento a una sola de las pinceladas de la personalidad de Santo Domingo, para reconocer su actitud actual, ante este mundo sinsentido y lleno de un Mercantilismo egoista.
La oración acompaña a la acción
Anónimo ha dicho que…

Sencillamente entrañable